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El problema de la intermitencia de la solidaridad

lunes, 22 de agosto de 2011

Varios son los antecedentes que en principio podemos rastrear para confiar en la viabilidad de un proyecto de esta índole. Por ejemplo, el éxito de las campañas de Ayuda en Emergencia, claramente acordes a nuestro planteamiento que acentúa el valor histórico y contextual de los valores morales y éticos.

Sin ninguna duda las campañas de Ayuda en Emergencia ponen de relieve la solidaridad general de millones de personas que ante circunstancias de extrema necesidad de sus congéneres realizan donaciones puntuales. Este carácter empático y solidario que acompaña a la Ayuda en Emergencia en los últimos años parece mostrar una solidaridad que viene determinada las más de las veces por la necesidad que genera la propia naturaleza 1 a través de los grandes desastres climáticos o naturales.

Dentro de esta lógica de simplificación, sumada la necesidad antes referida, digamos natural, figura aquella otra que es generada por el propio sistema social y económico vigente. Dejando al margen las guerras, limpiezas étnicas, luchas por el poder, etc... parece mostrarse, como muy bien ha sido identificado, una indiferencia sistémica fundada en la normalidad, por otro lado congénita, al propio sistema social y económico. Es decir, in medias res de nuestra vida, el propio sistema ha conseguido normalizar la indiferencia a través del sufrimiento de millones de personas para las que, a modo de muletilla inexorable, no hay solución ni convergencia posible. Este triunfo interno del actual sistema social y económico es el principal escollo que encuentra la solidaridad en la sociedad civil, que a modo de daño colateral lleva inoculando la desazón en millones de personas para provocar la consabida indiferencia actual -perfectamente diseñada con escuadra y cartabón-.

Una ligera reflexión sobre el tipo de necesidad que generalmente parece funcionar como acicate de la solidaridad civil hace que el debate moral y ético sobre la misma se centre fundamentalmente en dos paradigmas práctico-especulativos ya clásicos como lo han sido el escepticismo y estoicismo. Conviene reparar, aun de manera somera y provisional, en las implicaciones de dichas escuelas de pensamiento para explicar a muy grandes rasgos dos modelos de ciudadanía que actualmente determinan nuestra praxis cotidiana:

a) la figura del ciudadano resignado que entiende la realidad que le rodea inexorable, desde esquemas cercanos a la predeterminación e imposibilidad del cambio -recordemos que el sabio es aquel que se deja arrastrar por la naturaleza-;

b) y aquella otra figura de ciudadano receloso del actual statu quo vigente, desconfiado, dubitativo, cercano al relativismo, que entiende la realidad desde posiciones abiertas y por extensión, cuestiona la vigencia y validez de un único modelo válido -desde el punto de vista moral, ético, económico-financiero, social, político, etc.-.

Ambos modelos, en principio y entre otros, están dentro del repertorio habitual de posiciones que cada ciudadano va adoptando a lo largo de su vida sobre los acontecimientos que le rodean. Sin embargo, como actitudes vitales y colectivas ante los hechos sociales que nos sobrevienen se distinguen entre otros por figurar como dos modelos de actuación civiles históricos: aquellos grupos sociales formados por ciudadanos y ciudadanas resignados/as y aquellos otros que deciden ubicarse en las antípodas de esta resignación, bien desde posiciones especulativas/teóricas o bien prácticas.

Veamos con mayor detalle este segundo tipo de modelo ciudadano. La figura del ciudadano escéptico, en su vertiente práctica, es una idea provisional que genera grandes problemas de fundamentación dado el carácter eminentemente teórico-especulativo que siempre ha caracterizado al movimiento escéptico clásico; no obstante, dicho modelo de ciudadano parece dejar paso a otro tipo de actuaciones prácticas, una nueva praxis. El relativismo clásico que siempre ha exhibido este modelo está favoreciendo la creación de nuevos paradigmas de colectivización, vertebrados en un primer momento por el recelo y desconfianza hacia el statu quo vigente y sistemas de legitimación actuales; actitud claramente escéptica pero que sin embargo ha generado un nuevo movimiento actitudinal, a saber, el tránsito del escepticismo de salón al compromiso social y político desde la pluralidad. En otro giro, el atributo que en origen comparte aquella porción de la sociedad civil que no se instala en la resignación es la duda sistemática hacia los poderes económicos, sociales, políticos, financieros, etc..., una duda metódica, en términos cartesianos, que vuelve a poner en valor la subjetividad, la pluralidad y el sujeto.

En suma, dejando a un lado los innumerables matices que podrían hacerse respecto al reduccionismo planteado anteriormente, es lícito entrever dos actitudes básicas en la vida, tanto desde supuestos individuales como colectivos: hacer de la necesidad virtud o acentuar la existencia de otro repertorio de virtudes, igualmente válido, plural, abierto y sometido a la crítica continua y a su constante revisión y enriquecimiento -recordemos que existen varios tipos de relativismo-.

Desde este presupuesto parece lícito preguntarse, ¿qué tipo de solidaridad se ensaya actualmente en nuestras sociedades? Y abundando en esta línea, ¿está determinada quizás por el modo en que entendemos la necesidad? En caso afirmativo, ¿tiene sentido y verosimilitud plantear como objetivo de un Proyecto de Cooperación al Desarrollo facilitar, fomentar, y potenciar la solidaridad civil favoreciendo un cambio en la percepción social de la realidad (su carácter inexorable)?

1Obviamente se declina discutir la causa primera de esta necesidad natural -i.e., cambio climático como efecto del canibalismo neoliberal -explotación sistemática de los recursos naturales-, etc.-. Baste, tan sólo y de manera provisional, asumir este carácter natural de la necesidad en lo que se refiere al modo en que se presenta en la realidad humana.